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Ecl 1, 2; 2, 21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?
Salmo 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Col 3, 1-5. 9-11: Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo
Lc 12, 13-21: Lo que has preparado, ¿para quién será?
--Lectura del Día
La 1ª lectura nos enfrenta muy directamente con cuestionamientos que todos nos hemos hecho alguna vez, a lo mejor con más frecuencia de la deseada. El Eclesiastés pertenece a un grupo de libros que llamamos sapienciales.
La “sabiduría” es un amplio concepto que puede englobar desde la habilidad manual de un artesano hasta el arte para desenvolverse en la sociedad. La madurez intelectual... representa una actitud de personas y pueblos cuya finalidad es encontrar respuestas a las grandes interrogantes y misterios de la existencia humana.
Para la sabiduría bíblica, la realidad y la experiencia son lugar de revelación divina, cuando el ser humano se entrega a la reflexión y a la tarea de leer los acontecimientos en clave “divina”. Para ello, los sabios se apoyan en la razón, muy pocas veces recurren a la revelación o a la luz sobrenatural. Y junto a la observación de la experiencia, la otra fuente de la sabiduría es la tradición. Serán los últimos libros sapienciales (Eclesiástico y Sabiduría) los que incorporen a Dios como fuente suprema de la sabiduría. La vida está regida en el fondo por una serie de leyes, cuya causa última es Dios, por ser el creador del mundo. Ese sentido profundo de las cosas, oculto para el hombre, es el que hay que investigar y descubrir para adecuarse a él y comportarse “sabiamente”.
Los sabios bblicos plantean el problema de la vida en su acepción más universal, no centrada en el pueblo elegido. Esta sabiduría tiene su origen en la vida del pueblo, que se va recogiendo en forma de dichos, refranes, sentencias... este patrimonio de saber popular se va enriqueciendo a través del tiempo y de la tradición oral, acogiendo influencias de los pueblos limítrofes. Más tarde todo ese material básico será reelaborado por los círculos sapienciales que le darán forma literaria y una cierta estructura. Con frecuencia estos libros presentan formas dialogadas, incorporando distintos puntos de vista al problema que se está estudiando (Job, por ejemplo, Eclesiastés.).
Generalmente se piensa en el Rey Salomón como el más fuerte impulsor y cultivador de este arte de conducirse en la vida. La sabiduría encuentra su medio ambiente más propicio en la corte, en la que se forman los miembros de la familia real, los futuros responsables de la política, archivos, administración... por eso se le atribuyen a Salomón la mayor parte de los libros sapienciales, como a David los Salmos o a Moisés el Pentateuco.
Podemos calificar de contestatario al autor del Eclesiastés. Es una voz escéptica y crítica, disidente frente a la tradición sapiencial que confía ilimitadamente en las posibilidades de la razón y sabiduría humanas. El sabio Qohélet es un autor, por lo menos, desconcertante. La pregunta que mueve toda la reflexión de su libro es ésta: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?” (1,3) y su respuesta: vanidad de vanidades (se puede traducir también por vaciedad, sin sentido...) todo es vanidad (1,2.17; 2,1.11. 17. 20. 23. 26; 12,8).
Éste parece un libro muy poco religioso. ¿cómo se nos propone a los cristianos este libro, como Palabra de Dios, con esa respuesta tan materialista, tan poco optimista...? O esta otra conclusión: “la felicidad consiste en comer, beber y disfrutar de todo el trabajo que se hace bajo el sol, durante los días que Dios da al hombre, pues esa es su recompensa” (5,17) es como decir vulgarmente “comamos y bebamos, que mañana moriremos...”
El autor recorre a lo largo de su libro todas las esferas del ámbito humano: trabajo, riqueza, dolor, alegría, decepciones, religión, justicia, sabiduría, ignorancia, el tiempo, la muerte... buscando respuesta a su pregunta. Hagamos lo que hagamos en nuestra vida, al final el destino es el mismo para todos los hombres: la muerte, ¿la nada? Es una pregunta seria ¿qué pintamos aquí, en la tierra? ¿para qué vivir, trabajar, luchar, amar, pensar, esforzarnos en la ecología, la educación, la política, los derechos humanos...? Breve es nuestra vida sobre la tierra (Sab 2,1), la mayor parte de nuestra vida es fatiga inútil, que pasa aprisa y vuela (Salmo 89, 10). La experiencia humana es como “atrapar vientos” una tarea inútil y decepcionante. Viene a nuestra mente aquella otra frase evangélica: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero.?”.
Con el autor, el lector sigue con fruición ese recorrido por la existencia humana, por el devenir cotidiano, deseando que el autor tenga éxito en su búsqueda y su respuesta tranquilice un poco nuestro corazón sediento de verdad, de sentido en todo lo que somos y hacemos...
Por mucho que nos afanemos, nada nos vamos a llevar...
En la época del destierro se empezó a desarrollar la teoría de la retribución personal y del destino individual: el pueblo elegido profesaba una doctrina de retribución colectivista: la bondad o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo y en los descendientes. En el contexto del exilio estas ideas van cambiando: cada persona recibía en vida la recompensa adecuada a su conducta (2Re 14, 5-6; Jer 31, 29-30; Ez 18, 2-3. 26-27). Sin embargo, la experiencia desmentía este principio. Después del destierro este problema ocupa un puesto primordial en la reflexión sapiencial, y no resulta fácil encontrar una respuesta adecuada. El libro de Job refleja vivamente este drama, apuntando distintas soluciones, pero ninguna definitiva ni convincente: Job es invitado a entrar en el misterio de Dios y desde ahí poder relativizar su dolor, su desesperación y pretensiones. Qohelet se hace eco del mismo escándalo y lo amplía: aún suponiendo que el justo siempre recibiera bienes, tal recompensa no es proporcional al esfuerzo que pone el hombre en conseguirla, pues no da plena satisfacción a los anhelos del ser humano. Tanto Job como Qohelet se mueven en el ámbito de retribución intramundana, no atisban nada más allá de la muerte.
Este problema recibe nueva luz con las ideas sobre la inmortalidad y resurrección que aparecen en Israel durante las guerras macabeas (2Mac 7,9; 12,38-46; Dan 12, 2-4) y encuentran su formulación en el libro de la Sabiduría (Sab 1-5) La revelación del Nuevo Testamento, dará respuestas tres siglos más tarde: la solución definitiva se ofrecerá en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, el Justo sufriente.
Por otra parte, no está mal que Qohélet nos recuerde el sabor de las cosas sencillas, el disfrute de las cosas ordinarias, que también son don de Dios. En esto conectaría muy bien con la mentalidad de la postmodernidad: presentista, del “carpe diem”. No hace falta que hagamos un esfuerzo grandísimo en salir de esta realidad temporal para encontrar a Dios. Él es compañero cercano de todo lo que vivimos. Nos lo dice la fe. La vida tiene sentido porque somos personas humanas, no animalitos, y en nuestros genes llevamos escrita esa búsqueda de sentido, porque estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, un Dios creador, que se mueve, que sale de sí, que inventa, que busca.
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