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Génesis 18:20-32
Salmo 138:1-3, 6-8
Colosenses 2:12-14
Lucas 11:1-13
--Lectura del Día
Para introducir el fragmento evangélico sobre la oración, el leccionario nos ofrece esta primera lectura sobre la oración intercesora de Abrahán en favor de Sodoma. Gn 19 cuenta que, pese a ello, Sodoma y Gomorra fueron destruidas, pero permanece el hecho de que la oración de Abrahán había sido escuchada cuando intercedía por la ciudad pecadora y obtenía que fuese perdonada por cincuenta justos, por cuarenta y cinco, por cuarenta, por treinta, por veinte e incluso por diez. Siempre generoso y caballero en sus negocios, Abrahán sólo regatea cuando pide a Dios perdón por el pueblo pecador. Pero no se atreve a pasar más allá de diez justos.
En la Segunda Lectura, Pecado y muerte (una muerte que es resurrección con Cristo), fe y bautismo, son correlativos que Pablo nos recuerda en un admirable fragmento sumamente sugestivo. Pero, en coherencia con su perspectiva cristiana, añade: el perdón del pecado es liberación de la ley y de su observancia, porque existe una correspondencia entre Ley, muerte y pecado, como nos enseña en su carta a los Romanos (Rm 7, 7-9). Aquí, la imagen empleada por San Pablo alcanza el máximo de expresividad: la Ley ha sido clavada en la cruz.
Lucas presenta a Jesús, una vez más, orando. Al terminar su oración, un discípulo le pide que les enseñe a orar. La razón parece ser para que puedan tener una plegaria que les identifique como grupo, tal como, por lo que dice el discípulo, tenían los seguidores de Juan Bautista. La respuesta de Jesús: “Cuando oréis, decid”, o bien, “Siempre que oréis”, hace pensar que Lucas presenta el “Padrenuestro” como el modelo de toda plegaria del cristiano.
“¡Padre!” Esta manera tan sencilla de dirigirse a Dios contrasta con el barroquismo de títulos que se dan a Dios al inicio de muchas plegarias judías. Detrás de la palabra griega hay, con toda seguridad, el arameo “abba”, que nos han conservado Marcos y Pablo. Tratar a Dios como Padre implica una proximidad cordial y una conciencia de filiación, que comporta la conciencia de fraternidad. De hecho, las tres peticiones de la segunda parte son en primera personal del plural: el contexto comunitario, pues, es evidente.
Siguen después dos deseos: “santificado sea tu nombre”, “venga tu reino”. En el primero, resuena la profecía de Ezequiel, según la cual Dios mismo mostrará la santidad de su nombre a todas las naciones cuando establezca la nueva alianza con su pueblo, cuando les dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo. La consecuencia es que el pueblo también tiene que ser santo. El segundo deseo hace referencia a las ganas de que cada día más nuestro mundo y la humanidad sean lo que Dios quiere que sean.
La primera petición es sobre las necesidades cotidianas de subsistencia; pero la referencia al pan también hace pensar en la eucaristía como alimento necesario para la vida del cristiano. La segunda, sobre la necesidad del perdón, va acompañada de una explicación: la comunidad cristiana también perdona. La tercera muestra la conciencia de fragilidad: es posible perder la actitud de confianza total hacia el Padre.
Jesús continúa con una parábola, que sólo encontramos en Lucas, y que subraya sobre todo la insistencia en cómo hay que orar, un tema que Lucas repite en la parábola del juez inicuo (Lc 18,1-8). Algunos opinan que el personaje central de la parábola originalmente era el amigo que se levanta a dar los panes, y se refiere a la manera de ser de Dios: es inconcebible que Dios no atienda a las necesidades del que ora. Pero, tal como la narra Lucas, el personaje central es el amigo que va a pedir y se refiere a la súplica insistente. Todavía continúa Jesús con una especie de máximas de sabiduría popular que insisten en la perseverancia en la oración: Dios no puede dejar de escuchar. Dios es muchísimo más bueno que los padres buenos de la tierra. Por eso, no sólo da “cosas buenas” a los que se las piden: les da lo mejor, ¡les da el mismo Espíritu Santo!.
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