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Lectura: Proverbios 8: 22-31
Euclides fue uno de los grandes matemáticos griegos. Él escribió un formidable texto de trece volúmenes para el estudio de la geometría. Uno de sus estudiantes, Tolomeo I, Rey de Egipto, deseaba aprender la materia sin trabajar en tantos libros. Como rey que era, él estaba acostumbrado a hacer las cosas de manera fácil. Por lo tanto, un día le preguntó a Euclides si había un atajo para dominar la geometría. Euclides vigorosamente le contestó al rey: No hay ningún camino fácil para el aprendizaje.
No hay ningún camino fácil a la sabiduría. Lamentablemente, el termino sabiduría no se aprecia al máximo en el mundo de hoy. La sabiduría ha sido llamada la virtud de vejez en la imagen de la China, la India, o de los sabios de Oriente Medio, que han transmitido a sus futuras generaciones sus prudentes y perspicaces proverbios. Pero en mi opinión, aquellos sabios, expertos, o maestros relacionados con la sabiduría por sus adagios, tenían sabiduría a través de su experiencia, perspicacia, y conocimiento.
Una de las lecciones acerca de la posesión de la sabiduría la describe así: Mirar es una cosa. Ver lo que usted mira es otra. Entender lo que usted ve es lo tercero. Aprender lo que usted entiende es todavía algo más. Pero actuar de acuerdo a lo que usted aprende es lo que realmente importa.
La interpretación de lo que hemos aprendido nos ayudará a conseguir el éxito en la vida. Un reportero le preguntó a un presidente bancario,
¿"Cuál es el secreto de su éxito?"
"Dos palabras."
¿"Y cuales son ellas, señor?"
"Decisiones correctas."
¿"Y cómo toma usted las decisiones correctas?"
"Experiencia."
¿"Y cómo consigue usted la experiencia?"
"Dos palabras."
¿"Cuales son ellas?"
"Decisiones incorrectas."
Como vemos, esto es un largo proceso para alcanzar la sabiduría: Mirar, ver, entender, aprender, y actuar. Y porque a menudo entrelazamos la sabiduría con la experiencia, la perspicacia, y el conocimiento, pensamos que la sabiduría está ligada a la vejez. Esto no es siempre verdadero. La sabiduría se puede encontrar igualmente en los jóvenes. Y sin duda, hay tontos de cualquier edad, no importando si son jóvenes o viejos.
Supongamos que usted posée una lámpara mágica. Su propio genio promete concederle algo que usted deséa ardientemente en este mundo. ¿Qué pediría usted? Muchos de nosotros pediríamos riquezas, buena salud, o felicidad. ¿Cuántos de nosotros pediríamos el regalo de la sabiduría? Pero hubo un hombre al que Dios le dio esa oportunidad. Dios se le apareció una noche al Rey Salomón y le dijo: Pídeme lo que quieras y te lo concederé; y Salomón le contestó: Dame sabiduría y conocimientos para conducir esta gente, que, de otra manera, ¿quién los podría gobernar? (2 Crónicas 1:7, 10). Dios estuvo contento con que Salomón le pidiera la sabiduría en lugar de la riqueza, el honor, o la felicidad, entonces Él le concedió su petición. La sabiduría puede ser encontrada en la especie humana en todas las etapas de la vida, ya que esto es un privilegio, un regalo concedido por Dios. La sabiduría de Dios es única. La creación del universo y de la especie humana es una expresión de su sabiduría. ¡El salmo 104:24 establece: “Qué variados son tus trabajos, Señor! En la sabiduría Tú los has fraguado todos ellos; la tierra está llena de tus criaturas.” Dios puso el universo en movimiento de tal manera, que esto no sólo muestra Su bondad eterna, sino también Su sabiduría infinita. Y esto le trae la gloria, “las alturas declaran la gloria de Dios; el cielo proclama Su arte de magnificente constructor.” (Salmo 19:1).
En nuestra edad moderna, tenemos la impresión de que la ciencia triunfa sobre la sabiduría y las bases de datos sustituyen la perspicacia. Pero de generación en generación, esto se ha hecho más evidente: El conocimiento sin la sabiduría produce la autodestrucción potencial. La sabiduría es sumamente necesaria para nosotros para entender los principios naturales que determinan la vida y el mundo.
La sabiduría es un asunto de vida o muerte, porque es más que el conocimiento. Es más completa que el mero conocimiento. Puede estar unida al conocimiento, pero también puede ser independiente. No podemos obtener la sabiduría por aprendizaje académico ni por la investigación científica. El conocimiento es la conciencia y el entendimiento de los hechos. La sabiduría es la capacidad de asimilar aquellos hechos para realizar un objetivo deseable. Albert Einstein dijo, “la Sabiduría no es un producto de la educación, pero lo es de la tentativa de toda la vida en adquirirlo.”
Ahora nos preguntamos: ¿Cómo puedo conseguir tal sabiduría? El Libro de los Proverbios nos dice que el primer paso para adquirirla es el temor de Dios y la conciencia Del Santísimo. El Salmista dijo, “el temor del Señor es el principio de la sabiduría; prudentes son todos quienes viven por ello” (Salmo 111:10). “El temor de Dios” no es el problema psicológico de “teofobia.” No nos ordena que nos sometamos a un dios que nos intimida con inquina. Ni es la intención de que temblemos ante Él con terror, pero si el que nos inclinemos ante Él con temor, respeto, y confianza en sus objetivos para nuestras vidas. Sin la experiencia del temor ante el misterio de la vida, no podremos llegar a la sabiduría de Dios.
Encontrando el misterio de Dios, cumplimos con la fuente de sabiduría. Experimentamos los límites de nuestro ser, de nuestra vida finita, (pues sólo Dios es infinito) en comparación con la infinidad de Dios. La sabiduría es el reconocimiento de nuestros límites. De ahí, la sabiduría puede llegar a todos los tipos de personas que puedan demostrar su sabiduría aceptando sus límites y esencia finita. Exactamente, la persona sabia acepta ser finita porque sabe que él o ella no es Dios.
Es difícil para nosotros aceptar el fracaso, como lo es cuando cometemos errores en nuestro trabajo. Es difícil reconocer nuestros errores, como un paso en falso que nos avergüence en un acontecimiento social. Es difícil admitir nuestros pecados al confesor, por ejemplo, el pecado repetido, que de manera embarazosa confesamos cada semana. Aún, cuando encontramos nuestras fallas en el fondo de nuestro corazón, aceptando nuestros límites y esencia finita, queremos afrontar por nosotros mismos el resultado de nuestros fracasos y errores adquiridos por nuestra falta de sentido común. Si tenemos la sabiduría divina, se nos ha dicho que nada puede separarnos de Dios, ni el fracaso, ni el error, ni la culpa.
Sólo cuando nos tragamos nuestro orgullo adquirimos la sabiduría de Dios. Las gentes humildes son aquellas que no piensan en ellas mismas más de lo que deberían. Están dispuestas a admitir que no tienen todas las respuestas y que necesitan conocer la mente de Dios. Ellas quieren aprender y están abiertas para cambiar. Por lo tanto, disfrutaremos de la sabiduría de Dios solamente si confesamos que lo necesitamos.
Nos gloriamos de la sabiduría de Dios, si confesamos que, como seres humanos, tenemos que ser salvados. Esta salvación es la expresión verdadera de la sabiduría de Dios. La gente del mundo piensa que ellos pueden llegar a conocer a Dios usando su propia sabiduría humana. Dios sabe que ellos no pueden. Así, con Su perfecta sabiduría, Él le ha proveído a la humanidad el poder conocerlo a través de Su único Hijo. Les parece ridículo a los incrédulos el pensar que el Hijo de Dios debiera morir en una cruz para pagar la pena por el pecado del hombre. Pero ese hecho es realmente el corazón de la sabiduría de Dios. Por ello, Dios logra librar a la especie humana de su esclavitud del pecado y traerla a una buena relación con Él.
La sabiduría de Dios también se expresa en nuestras opciones profesionales. Dios ha planeado el curso de nuestras vidas a fin de guardarlas para su perfecto final y para traerle la mayor gloria a Él. Tener la sabiduría de Dios no necesariamente significa que sabremos por qué Dios permite que nos pasen ciertas cosas. Esto simplemente significa que sabremos qué es lo correcto en una situación determinada de acuerdo a la voluntad de Dios. Por esta razón, podemos lograr abstenernos del miedo a las adversidades que puedan pasar en nuestras vidas, cuando no entendemos sus motivos. Podemos confiar en Dios en los momentos oscuros de la vida, porque él conoce el camino a través de la oscuridad.
Nuestra vida humana es tan frágil e incierta. Esta es un sube y baja, y a menudo nos encara con preguntas. A veces no conseguimos saber para donde nos lleva una situación y no sabemos si dar vuelta o que acción tomar. Necesitamos la sabiduría de Dios para que nos guíe cuando estamos en un cenagal de confusión, ya que Dios es el maestro de cada situación.
Podemos pedirle a Dios sabiduría cuando afrontamos un problema confuso, una decisión difícil, o una emergencia apremiante. Dios es generoso al darnos su sabiduría. Sin tener en cuenta que grande o que pequeño puede ser el asunto que nos ocupa, él nos invita a pedir Su sabiduría.
Finalmente, ¿cómo podremos distinguir entre la sabiduría divina y la sabiduría humana cuando la ejercemos? San Jaime nos dio una beneficiosa instrucción: La sabiduría que viene de lo alto es en primer lugar; pura, pacífica, suave, dócil, llena de piedad, y buenos frutos, sin inconstancia o falta de sinceridad. Esta es la norma de Dios para la medición su sabiduría: Cuando comencemos a obtener nuestra sabiduría de Él, nuestros hogares serán más felices, nuestras vidas más eficaces, y nuestro Dios enormemente glorificado.
--Rev. Linh N. Nguyen
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