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Desayuno junto al mar (21:1–14)
Este es el lapso entre la resurrección de Jesús y su ascensión. Los apóstoles han regresado al norte, donde Simón Pedro decide ir a pescar en el Mar de Tiberiades, que está en Galilea. Algunos de los demás deciden ir con él.
Hay siete en el barco, incluso Tomás (presentado nuevamente como Dídimos, el gemelo), y Nataniel, de quién sabemos es de Caná, donde Jesús convirtió el agua en vino. Los hijos del Zebedéo están también presentes, aunque Juan no mencione sus nombres ni que él es uno de ellos.
De repente, esto hace recordar los días malos viejos tiempos. Ellos trabajan toda la noche, pero no pescan nada. Lucas habla de lo que pasó el día en que Jesús llamó a Simón por primera vez para que fuera Su discípulo. (Lucas 5:4–5).
En la luz nebulosa del alba, una figura les llama desde la orilla. Él les dice que tiren su red al otro lado del barco. Ellos no han reconocido aún Jesús, pero sus instrucciones le traen memorias a Pedro, sobre todo cuando ellos recogen una asombrosa cantidad de pescado.
El discípulo querido fue el primero en darse cuenta de que Jesús era el que les hablaba desde la orilla. Simón Pedro es quién se echa su abrigo encima y salta por la borda. John recuerda como los demás siguen arrastrando la gran pesca por aproximadamente unos 100 metros hacia la playa, y cuentan los peces. Hay 153 de ellos.
Si el número de los peces tuviera un sentido especial, esto podría significar la misión de la iglesia. Los Judíos de esos días creían que habían 153 naciones en el mundo; y Jesús había prometido a sus discípulos que ellos “pescarían las almas de hombres y mujeres” (Lucas 5:10).
Después del trabajo en su larga noche, Jesús invitó a sus amigos a desayunar. Él había preparado el alimento para ellos con pan recién horneado y pescado ya cocinándose al fuego del carbón. Él es el Señor que provee. Otra vez, el fuego evoca algo en la memoria de Simón Pedro: Estaba al lado del fuego en el patio del sumo sacerdote, cuando negó tres veces que él conocía a Jesús (Juan 18:18).
Juan menciona, que ninguno de los discípulos le preguntó a Jesús si era realmente él. Hay claramente algo que es inexplicable (lo mismo, pero diferente) sobre su cuerpo resucitado.
Jesús y Pedro (21:15–17)
Después del desayuno, Jesús y Pedro hablan íntimamente. Jesús no lo llama por su nuevo nombre (Pedro “Piedra”), sino por su viejo nombre: Simón hijo de Juan. Ya que Pedro ha negado tan enérgicamente a Jesús, ellos deben de restablecer las bases de su relación.
Jesús pregunta, ¿Simón, me amas realmente? Él pide la clase del amor comprometido que Pedro le ha jurado en el pasado. Pero Pedro se coloca ahora en la realidad. Él sabe que ha fallado. Él contesta, Sí, Señor, Tú lo sabes, yo te amo.
Peter no le promete a más a Jesús el amor comprometido, sino sólo afecto. Cuando Jesús hace la pregunta por tercera vez, Él repite las tres negaciones de Pedro. Esto lastima a Pedro que tiene que admitir el pobre nivel de su amor; pero al menos ahora él es honesto consigo mismo.
Jesús ha disipado ya la duda de Tomás. Ahora él reconstruye la confianza de Pedro. Él anima a Simón Pedro a aceptar su ya revisado compromiso, dándole responsabilidad. Él le encarga que él alimente sus corderos y tenga cuidado de sus ovejas. Pedro debe cuidar de la gente, la multitud de Dios, como el ayudante al buen pastor. La guía es el propio cuadro de Jesús del mando y el cuidado de la iglesia (John 10:11).
Pedro y Juan (21:18–24)
Jesús pronostica la muerte de Pedro. Un día él extenderá sus manos y será llevado a donde él no quiere ir. Este es un modo de describir la crucifixión. En aproximadamente treinta años, Pedro será crucificado, probablemente en Roma, en tiempos del emperador Nerón. Jesús no le oculta esto de Pedro, pero lo anima a saber que el camino del sufrimiento le dará la gloria de Dios. Él le repite su primera llamada a Pedro, que sigue siendo nueva, para hoy y para siempre: ¡Sígueme!
Viendo a Juan siguiéndolos, Pedro pregunta lo que debe hacerse con él. Jesús dice que Juan puede estar o estar vivo hasta Su regreso. De cualquier manera, esto no le preocupa a Pedro. Pedro debe seguir a Jesús, sin tener en cuenta las presiones, rumores u opiniones de otros. Sabemos que Juan vivió hasta alcanzar una avanzada edad en Éfeso, y se puede deducir que la gente vinculó su larga vida con la esperanza del regreso de Jesús.
Al llegar Juan al final de su Evangelio, dice, que el discípulo a quien Jesús amó, es el que siguió a Jesús y a Pedro cuando ellos caminaron a lo largo de la playa esa mañana. Es él que ha sido un testigo ocular del ministerio de Jesús y de Su resurrección, y él o sus seguidores han escrito este libro. Él afirma que lo que él dice es verdadero.
La gran y no narrada historia (21:25)
Hay mucho más que podría decirse sobre Jesús. Pero si todo estuviera escrito, el mundo sería demasiado pequeño para contenerlo. Jesús es, después de todo, la Palabra y la Sabiduría de Dios, Su agente de la creación y único Hijo. ¿Cómo podría un pequeño planeta contener la historia entera de su gloria interminable y eterna?
-- Knowles, A. La guía de la Biblia.
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