|
La historia de la Torre de Babel sigue la teología del pecado, que encontramos en Génesis 2 y 3, en la historia de la Caída. El deseo de Eva y de Adán de apoderarse de un conocimiento que propiamente le pertenece solamente a Dios, es la parte central de su fracturada relación con Dios. Del mismo modo, aquí, en Génesis 11, la gente comienza a construir su torre de modo que ellos puedan llegar tan cerca del cielo como sea posible, y tomar un poco de fama y gloria para ellos. “Ágamos un nombre para nosotros mismos,” deciden ellos.
Pero a este impulso de obtener el poder, lo acompaña un miedo anónimo y mal expresado. La gente se persuade de que sin su torre, “ellos serán dispersados sobre la totalidad de la faz de la tierra.” Hasta donde los lectores podemos ver, no hay ninguna justificación para este miedo. ¿Quién los amenaza? ¿Qué fuerza los disipará? Pero su instinto es el de construir alto, agrupándose todos ellos.
Y, por supuesto, a consecuencia de sus acciones, lo mismo que ellos habían temido pasa realmente. Ellos en efecto son forzados a estar apartados unos de otros y a ser dispersados sobre toda la faz de la tierra, porque ellos ya no pueden entenderse los unos a los otros y trabajar juntos. El Señor, se nos ha dicho, “confundió su lenguaje.” Quizás, de esa manera, ellos podrían comenzar a tener un poco más de sentido común. Sus declaraciones más tempranas y acciones podrían haber tenido una especie de lógica disparatada, pues ellos no tenían ninguna base verdadera. Después de Babel, ellos ya no pueden pretender que su sistema tenía sentido.
La historia de Actos del día de Pentecostés es el reverso ricamente satisfactorio de Babel. La gente dispersada de Dios viene a estar junta; ellos se habían estado acostumbrado a estar separados por la lengua, pero ahora, la propia palabra de Dios los une. Los mensajeros de Dios son gente que sabe que ellos son dependientes de Dios. El Espíritu Santo encuentra a Pedro y a los otros apóstoles de una manera poderosa y sobrenatural, y ellos no pueden ni siquiera pensar que son ellos quienes desarrollan esa labor. Si los constructores de la Torre de Babel son culpables de tratar de parecerse a Dios, los discípulos simplemente están conscientes de que ellos no son nada, ni pueden hacer nada sin el poder de Dios.
El discurso de Pentecostés de Pedro nos presenta la gran paradoja del poder de Dios. Aquí están los apóstoles – hombres simples, no lingüistas entrenados – haciéndose oír y entender y ellos mismos entendiendo a esa enorme muchedumbre políglota. Pedro les recuerda a sus oyentes acerca de las grandes promesas del Antiguo Testamento, del advenimiento del Espíritu de Dios en el poder, y afirma enfáticamente que ellos están siendo testigos de este prodigio. Y en los versos que siguen en la lectura de hoy, la paradoja se hace más aguda cuando Pedro une el poder de Dios con Jesús crucificado.
Así, la lectura de hoy de Actos, nos habla de un tema que es precioso para el corazón de San Pablo, así como para la mayor parte de los Evangelios. Repetidas veces, Dios elige como sus mensajeros a aquellos que parecen ser inadecuados y de ningún modo satisfactorios para su gran tarea. Por eso, la historia de la Torre de Babel ilustra excepcionalmente este contexto, porque esto sugiere que nada divide a la gente más rápidamente de Dios, que el deseo de poder y de una determinación arrogante de confiar en ellos mismos. Aquellos que no tienen ningunas ilusiones sobre su propio bienestar material, podrían realmente ser los únicos quiénes estuviesen listos para voltear hacia Dios y pedirle ayuda.
Quizás, por eso Jesús dice a sus discípulos en el Evangelio de Juan que el mundo no puede recibir el Espíritu de la verdad (Juan 14:17). Quizás el mundo está demasiado obsesionado con su propia verdad, y con sus sistemas propios que auto-certifican esa locura. Para recibir el Espíritu cuyo trabajo es el unirnos con el Padre y el Hijo y retornar a nuestra verdadera dependencia en Dios.
Jesús promete realmente a sus seguidores una especie de poder. Comenzando por el Pentecostés, los Actos nos muestran la clase de grandes trabajos los cuales los discípulos son capaces de hacer en el nombre de Jesús. Pero el punto de este poder del Espíritu es el señalar al Hijo, y por el Hijo al Padre. Los constructores de Babel quisieron el poder para la glorificación de sí mismos y para su autodefensa, y esto les costó su unidad y su capacidad de estar relacionados el uno con el otro. El poder de Dios no tiene nada que ver con la autodefensa, pero tiene muchísimo que ver con la restauración de la unidad y la comunicación, Por eso ese torrente vertido por el Espíritu en el Pentecostés es tan característico. Esto permitió a Pedro y a los apóstoles comunicarse; esto les permitió hacer uniones, ver los hilos comunes correr en todas partes de la historia del trato de Dios con su gente; y los hizo misioneros, deseando vehementemente el compartir una vida común con Dios, la vida común de Padre, Hijo y Espíritu Santo.
--Williams, J. Reflexiones del Leccionario: Año C.
|