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Dt 11,18.26-28: Miren, les pongo delante bendición y maldición
Salmo responsorial 30: Sé la roca de mi refugio, Señor.
Rom 3,21-12.28: El hombre es justificado por la fe.
Mt 7,21-27: No todo el que dice “señor, señor”...
En la primera lectura se nos presenta un fragmento de ese gran discurso de despedida de Moisés que viene a ser el libro del Deuteronomio. Es concretamente una exhortación que habla de la maldición o la bendición que se derivan de seguir o no seguir a Dios en fidelidad. En la liturgia el texto se utiliza con frecuencia para expresar esa libertad que tenemos para elegir entre el bien y el mal.
Somos libres. La libertad es uno de nuestros grandes dones constitutivos. Podemos elegir nuestro estilo y sistema de vida; pero debemos ser conscientes del costo de nuestra libertad de opción. Toda elección es a la vez una renuncia: elegimos una opción gracias a que desechamos las demás que nos eran posibles. No es posible elegir sin renunciar. Y no podemos dejar de optar ni de dejar de renunciar. Es el riesgo de vivir, porque el mero hecho de vivir es elegir, y renunciar. Es decir: nuestra vida no está hecha: la tenemos que hacer, y la hacemos optando, continuamente, día a día. Al ritmo de cada elección. Aunque hay que distinguir cuidadosamente entre opciones y opciones, entre las opciones que comprometen un acto, un rato, un día, una semana... y las que comprometen nuestra vida a largo plazo, o el estado de vida, el tipo de trabajo o la profesión (cuando se puede elegir.); y, aun por encima de estas grandes opciones, queda todavía nuestra “opción fundamental”, algo que no queda negado simplemente por un error o un acto menor contrario.
Por lo que se refiere a Dios, él ya hizo sus opciones fundamentales, que deben ser nuestra guía existencial: por el Amor, por la Justicia, por el Mundo, por toda la Vida y por la vida plena, por la Comunión universal.
Pablo se mueve en un mundo espiritual, en unas categorías que ni son las nuestras ni nos resultan fácilmente inteligibles. Dice que por medio del sacrificio Dios ha justificado a la humanidad, la cual, por muchas leyes y cumplimiento de preceptos que hiciera por sí misma, no sería capaz de justificarse, de salvarse. Quiere que los creyentes piensen que gracias a la gratuidad del amor del Padre somos herederos de la salvación. Un elemento importante será la fe, la cual es capaz de interpretar y leer la acción cotidiana de Dios a nuestro favor en la historia, en la cual, afirma, definitivamente justifica sin distinción a todos los que creen. Él está reaccionando ante la polémica judía de la “salvación por medio de las obras o por medio de la fe”, que hoy nos resulta irrelevante.
El evangelio de hoy, de Mateo, nos presenta la sección final del largo sermón de la montaña. Todo el fragmento que hoy leemos está centrado en el tema de “la primacía del hacer sobre el decir”. Es un evangelio con el que sintoniza inmediatamente la cultura moderna, que en los últimos siglos ha sido, fundamentalmente, “filosofía de la praxis”: aunque todo es importante, lo más importante no es el decir, el pensar, el interpretar o reinterpretar, sino el hacer, el construir, el amar efectivamente y el amar con eficacia; no simplemente el decir, o el invocar a Dios, el rezar, ni el culto... sino “hacer la voluntad de mi Padre”, llevar adelante el “Proyecto de Dios”.
Los profetas clásicos de Israel pusieron el amor-justicia, o sea, la construcción de una sociedad humana, justa y feliz, por encima de una religiosidad cultualista (que privilegia el culto) o espiritualista (que se preocupa de lo espiritual en vez de lo material) o intimista (que prefiere la vivencia interior por encima de las implicaciones sociales). “Misericordia” quiero (o sea, práctica del amor-justicia), no “sacrificios” (sacrificios ofrecidos en el culto, se entiende), decía paradigmáticamente Oseas (6,6). Jesús, en otra parte del evangelio, pero sobre todo en su vida y en el conjunto de su predicación, recoge y vuelve a proclamar vivamente este mensaje profético, del que el judaísmo tardío se había ido apartando a favor –de nuevo- del cultualismo y del legalismo.
La respuesta que Jesús espera de sus discípulos no tiene que ver nada con las “fórmulas” y la simple confesión de boca, nada con los rezos rutinarios y el tráfico de un culto vacío. Lo que Jesús espera es que respondamos cumpliendo la voluntad del Padre, que esto es lo que ha venido a enseñarnos. El es el Maestro; no un maestro que enseña “verdades” y simple teoría, sino el Maestro que se compromete y nos compromete en la “praxis”. El es el Maestro y el método, el camino; él es también la Verdad hecha carne. Jesús ha venido al mundo para cumplir la voluntad del Padre, y esto es lo que espera de nosotros y lo que debemos hacer si queremos entrar con él en el reinado de Dios.
Notemos cómo en estas palabras se expresa muy bien la conciencia que tiene Jesús de sí mismo: llama “mi Padre” a Dios, denotando la relación especialísima e incomunicable que le une con el Padre (Jesús, que nos enseñó a invocar a Dios diciendo “Padre nuestro”, nunca invocó él mismo a Dios de esta manera); se hace llamar a sí mismo “Señor”, y anuncia que ha de juzgar a los hombres al fin de los tiempos.
La alusión al juicio final nos recuerda que este juicio versará sobre el amor al prójimo (Mt 19, 31-46). Aquel día ni siquiera valdrá nada el haber hecho milagros en nombre de Jesús. Lo que hay que hacer en su nombre es amar al prójimo; esto es lo único que se tendrá en cuenta y lo que Jesús quiere de sus discípulos.
Estas dos breves parábolas son también una llamada a la “praxis”, pues sólo en la vida adquiere solidez la doctrina. Por eso, el que escucha y no practica, edifica sobre arena; su existencia se apoya en la debilidad humana. Pero el que escucha el evangelio y lo pone en práctica, construye su vida sobre la roca, sobre la “roca de salvación” que es el mismo Dios. La fe es algo mucho más serio que la retención teórica de unas verdades; es una vida fundada siempre en la Verdad. Así, con estas parábolas, concluye el llamado Sermón de la Montaña.
La palabra de Jesús del evangelio de hoy sigue ahí, trayendo el mismo desafío, en plena sintonía con la sensibilidad actual.
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