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El bautismo, que viene de la palabra griega Baptizo, significa sumergir en agua, bañar, lavar. Es el sacramento de la Nueva Ley instituido por Cristo, en el cual, el lavado con agua, realizado por un ministro bien intencionado invocando a la Santísima Trinidad, regenera para la vida divina y sobrenatural a una persona en su jornada por la tierra y es incorporado a la Iglesia. De los tres caminos por los cuales la gracia divina puede ser impartida para la justificación, sólo el Bautismo del agua es realmente el sacramento que activamente justifica por sí mismo a su apropiado recipiente. El bautismo del deseo es el sacramento, que siempre, de algún modo, busca como finalidad la posible recepción del Bautismo físico; esto justifica el deseo genuino. El bautismo de sangre o muerte, sufridos como consecuencia de profesar la fe cristiana -- en caso de los adultos -- se justifica por sí mismo al ocurrir el acontecimiento con atrición.
El bautismo, la puerta a la vida y al reino de Dios, es el primer sacramento de la Nueva Ley. Es ofrecido por Cristo a todos los hombres, los cuales podrían tener la vida eterna (Juan 3:5). Él confió este sacramento y el Evangelio a su Iglesia cuando él dijo a sus Apóstoles: Vayan, hagan discípulos de todas las naciones, y bautícelos en nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Así, el Bautismo es, sobre todos, el sacramento de esa fe, por la cual todos los hombres que han sido iluminados por la gracia del Espíritu, responden al Evangelio de Cristo. Por eso, la Iglesia cree que es su más básico y necesario deber el inspirar a todos: Catecúmenos, padres de niños todavía no bautizados, y padrinos, a esa verdadera y vivida fe, por la cual ellos se adhieren a Cristo y firman o confirman su compromiso del nuevo convenio. Para llevar a cabo esto, la Iglesia prescribe la instrucción pastoral de catecúmenos, la preparación de los padres de los niños, la celebración de la palabra de Dios y la profesión de la fe bautismal.
El Bautismo, es además el sacramento por el cual los hombres y las mujeres se incorporan a la Iglesia, erigida en la casa donde Dios vive en Espíritu (Efesios 2:22), en una realeza clerical (1 Pablo 2:19) y una nación santa. Es la unión sacramental de la amalgama que une a todos quiénes han sido afirmados en ello. A causa de ese efecto inalterable (señalado en la liturgia latina por la unción de la persona bautizada con el aceite de consagrar, en la presencia de la gente de Dios), el rito de Bautismo es sostenido en el honor más alto por todos los Cristianos. Nunca puede ser legítimamente repetido una vez que ha sido válidamente celebrado, inclusive por nuestros compañeros Cristianos de quienes estamos separados.
La limpieza con agua por el poder del Verbo Vivo (Efesios 5:26), que es el Bautismo, nos hace seres que compartimos la vida del mismo Dios, (2 Pablo 1:4) y nos convertimos en Sus hijos adoptivos. (Romanos 8:15; Gálatas 4:5). Como se proclama en los rezos para la bendición del agua, el Bautismo es la ablución de la regeneración, (Timoteo 3:5) como hijos de Dios y del nacimiento en las alturas. La invocación de la Trinidad sobre aquellos que van ser bautizados, tiene el mismo efecto que en aquellos que ya están afirmados con este nombre y son consagrados a la Trinidad y han entrado al estado de amistad con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ellos están listos para esa altísima dignidad y son conducidos por las lecturas bíblicas, el rezo de la comunidad, y la profesión triple de la fe.
Muy superior a las purificaciones de la Vieja Ley, el Bautismo produce todos estos efectos por el poder del misterio de la pasión del Señor y Su resurrección. Aquellos que son bautizados son incorporados a la semejanza de la muerte de Cristo (Romanos 6:4-5), sepultados con Él en la muerte … y otra vez, resucitados a la vida con Él, y elevados con Él. (Efesios 2:6). Ya que el Bautismo recuerda y efectúa el misterio pascual en sí mismo, porque por medio de este, los hombres y las mujeres pasan de la muerte del pecado a la vida. Su celebración, por lo tanto, debería reflejar la alegría de la resurrección, sobre todo cuando esto ocurre durante la Vigilia de Pascua o en domingo.
Por el sacramento del Bautismo, siempre que sea apropiadamente conferido de la manera que el Señor determinó, y fuese recibido con las apropiadas disposiciones del alma, una persona se incorpora realmente en Cristo crucificado y glorioso y nace de nuevo a compartir la vida divina. El Apóstol dice: “ya que fuiste sepultado con él en el Bautismo, y en él también despertaste nuevamente a la vida por la fe en los trabajos de Dios, que te resucito de entre los muertos” (Colonenses 2:12, cf. Romanos 6:4)
Pero el Bautismo, en sí, es sólo un principio, un punto de partida, ya que está totalmente dirigido hacia la adquisición de la plenitud de la vida en Cristo. El bautismo está orientado de esa manera hacia una profesión completa de la fe, una incorporación completa en el sistema de salvación como son los deseos del mismo Cristo, y finalmente, hacia una participación completa en la comunión Eucarística. Por su poder, Él está presente en los sacramentos, de modo que cuando una persona es bautizada, es realmente Cristo mismo el que bautiza. Así, por el Bautismo, estamos empapados del misterio pascual de Cristo; morimos con él, somos sepultados con él, y subimos con Él a las alturas, (cf. Romanos 6:4; Efesios 2:6; Colonenses 3:1-2 1 Timoteo 2). Recibimos el espíritu de adopción como hijos de Dios: En virtud de lo cual, gritamos: “Abba”, (palabra que en Araméo significa Padre Mío) (Romanos 8:15), y así se hacen aquellos adoradores verdaderos que el Padre busca. (cf. Juan 4).
Por el Bautismo estamos formados a semejanza de Cristo: “Por un Espíritu todos estamos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13). En este rito sagrado, la unión con la muerte de Cristo y su resurrección es tanto símbolo como causa: “Ya que fuimos sepultados con él por medio del bautismo en la muerte.” Y si “hemos sido unidos a él en la semejanza de su muerte, estaremos así en la semejanza de su resurrección también” (Romanos 6:4-5). Incorporados a la Iglesia a través del Bautismo, los fieles están consagrados por el carácter bautismal del ejercicio del culto de la religión Cristiana.
Nacidos de nuevo como hijos de Dios, ellos deben admitir ante otros la fe que ellos han recibido de Dios a través de la Iglesia.
En el Bautismo, los neófitos, (o no bautizados) reciben el perdón de sus pecados, la adopción como hijos de Dios, y el carácter de Cristo, por el cual ellos son hechos a miembros de la Iglesia y por primera vez comparten su participación en el clero de su Salvador.
De esta manera, el Bautismo, puerta de entrada a los demás sacramentos, es necesario para la salvación de hecho o al menos de intención. Es válidamente conferido sólo lavándose con verdadera agua que contenga la fórmula requerida de palabras.
-- Los Sacramentos y Su Celebración
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