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AMOR Y PERDÓN

DÉCIMOPRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - AÑO C

--Domingo Vásquez Morales, C.Ss.R.  

Cuando una persona no tiene poder, se muestra más crítica ante los poderosos. Y más cuando ese poderoso utiliza su situación para explotar, matar y satisfacer sus perores instintos rastreros. Pero cuando por alguna circunstancia esa misma persona crítica llega al poder, muchas veces cae en eso mismo que tanto criticaba. El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. David tuvo un origen pobre. De simple cuidador de vacas pasó a ser monarca de un pueblo que alcanzó con él, el máximo de su esplendor. Tuvo un poderoso ejército y dominó otros pueblos vecinos a los que cobró tributo y con los que se comportó como un tirano.

 

Borracho con el poder y enceguecido por su instinto sexual no controlado hacia la esposa de uno de sus amigos y generales más leales, hizo que éste muriera en una batalla contra los amonitas, para tapar su culpa y quedarse con la mujer de su amigo que ya estaba embarazada.

 

En medio de su tiranía mostraba una aparente justicia. La parábola que antecede al fragmento que leemos del segundo libro de Samuel, lo deja ver claramente: “‘Había en una ciudad dos hombres: uno era rico y el otro, pobre. El rico tenía mucho ganado mayor y menor; el pobre, en cambio, sólo tenía una oveja que había comprado. La alimentaba, crecía a su lado junto con sus hijos, comía de su pan, tomaba de su copa y dormía en su regazo; era para él como una hija. Un día el rico recibió a una visita. Como no quería sacrificar ningún animal de su ganado para preparar una cena al que acababa de llegar, robó la oveja del pobre y se la preparó a su visita’. David se enojó mucho con ese hombre y dijo a Natán: ‘Por Yahvé que vive, el hombre que hizo éso merece la muerte.  Devolverá cuatro veces más por la oveja, por haber actuado así sin ninguna compasión’”. (2Sam 12,1b-6)

 

Pero Cuando Natán le dijo: “Tú eres ese hombre rico”, le recordó su origen y todo el proceso para llegar a ser rey, entones no se aplicó a sí mismo el castigo severo que había pedido para el hombre rico de la parábola.

 

Nos corresponde a nosotros hoy, revisar si también juzgamos con mucha facilidad a los demás, pero con nosotros mismos y con nuestros propios intereses nos mostramos benévolos. Esto no es sólo en cuestiones de poder sino en la vida práctica con nuestro trabajo, en nuestras relaciones interpersonales, en todo. 

 

Necesitamos hacer el esfuerzo para ser muy coherentes y orar mucho para que el Padre Dios nos dé la gracia de obrar con justicia y amor  misericordioso.

 

En la evangelización, Pablo hizo un gran esfuerzo para hacer creíble a los judíos el camino de Jesús. Algunos aceptaron y la mayoría se quedó en el judaísmo. Amplió el horizonte y se fue a los no judíos, a quienes de igual manera les comunicó la Buena Noticia de Jesús el Cristo, y algunos abrazaron la fe.

 

Ya dentro de las comunidades, como sucedió en el contexto de la segunda lectura de hoy, se enfrentó a los de mentalidad judaizante que seguían pegados a la Ley como exigencia para participar en la comunidad cristiana. El cumplimiento estricto de la Ley no tiene la capacidad para transformar al ser humano. La propuesta de Jesús que tanto anuncia Pablo es obrar, no a partir del miedo al castigo de Dios (en el caso de los judíos) o de los dioses (en el caso de los no judíos), sino a partir del Amor misericordioso del Padre. Camino que nos enseñó Jesús con su palabra y con su obra.

 

Quienes seguían los preceptos de la Ley judía con suma estrictez (los fariseos), así como quienes intentamos seguir a Jesús más de cerca, corremos el riesgo de caer en uno de los pecados más sutiles y más graves: creernos santos y con la autoridad para juzgar  y rechazar a aquellos que consideramos pecadores. Lo mismo que le sucedió a David (2Sam 12,1ss).

 

El fariseo Simón había invitado al maestro Jesús, aunque no fue muy cortés, según la tradición judía y las costumbres romanas introducidas con la colonización (como era la de comer recostados). Todo marchaba con suma rigidez; no había espacio para la espontaneidad y el compartir fraterno del que tanto disfrutaba Jesús.

 

El fariseo estaba muy seguro de sí mismo y de su dignidad, fruto de su cumplimento estricto de la Ley. Había invitado a Jesús a su casa, pero su orgullo religioso no le permitía reconocer la nueva forma de vivir la relación con Dios, que proponía el hombre de Nazaret. Estaba muy prevenido y pendiente de cualquier caída para refutarle. Con mucha frecuencia los más difíciles para convertir son los convertidos.

 

De pronto una mujer rompió el protocolo. No se dice su nombre; sólo se dice que era conocida como pecadora. Esta atrevida mujer pecadora no sólo quebrantó las tradiciones del glamour judío-romano, sino que infringió la ley de lo puro y lo impuro al entrar a la casa de un fariseo (fariseo significa puro). Para el arrogante fariseo las cosas estaban muy claras: Jesús no era un maestro respetable y menos un profeta: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”. (Lc 7,39b)

 

El maestro Jesús utilizó un recurso propio de los sabios orientales, conocido como la mayéutica socrática, la cual busca inducir al discípulo por  medio de preguntas para que este saque por sí mismo su propia conclusión y enseñanza. Le contó la parábola de los dos personajes endeudados con un prestamista, para ayudarle a comprender que el más pecador era él que se creía puro y no la mujer que sufría su propia vida y la discriminación de la religión.

 

Con seguridad la mujer no se hubiera acercado a Jesús como lo hizo, si no hubiera visto en él a una persona distinta. El miedo que le inspiraba el correcto fariseo se opacó ante la  confianza, el respeto y el amor de Dios que reflejaba Jesús. No se acercó con la galantería y sensualidad como solía hacerlo con sus clientes, para darles un poco de su amor y mucho de su amargura, y así recibir unas cuantas monedas para sobrevivir. Ese hombre la atraía poderosamente, no precisamente para hacer lo que hacía con todos los hombres que la buscaban y con los cuales su vida se tornaba cada día más vacía de sentido, sino porque él podía darle lo que nadie le podía ofrecer: El Amor misericordioso del Padre Dios y el perdón generoso, que brotaban de su corazón.

 

En un impulso de amor, libertad y generosidad fue y compró un perfume con sus ahorros, producto de su “trabajo pecaminoso”. Adiós Ley religiosa y adiós fríos protocolos. Sin pensarlo dos veces entró a la sala, se postró a los pies de Jesús y lloró para sacar toda la amargura que carcomía su corazón y el rechazo que recibía de los hombres puros. En Jesús no buscó su genitalidad, buscó sus pies como signo de humildad, deseo de cambiar su vida y seguir sus pasos.

 

Una vez más vemos que la Ley no tiene la capacidad para transformar y salvar a las personas. Que sólo el amor de Dios Padre revelado en Jesús, nos da la verdadera libertad y la vida eterna. Que las personas, aunque muchas veces vivamos en la oscuridad, en la fe de Jesús encontramos una nueva y definitiva oportunidad para salvarnos: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

 

Jesús le devolvió la paz y la dignidad humana perdida, no sólo por su forma de vida sino por la manera inhumana como la trataban quienes se jactaban de ser justos. Jesús le regaló la alegría, las ganas de vivir y la capacidad de amar con verdadera libertad, es decir, la perdonó. Eso es perdonar: donar paz, donar vida, alegría, amor y esperanza. Eso no lo comprendieron los “puros” que cuestionaron la capacidad de Jesús para perdonar. Lo comprendieron mejor las mujeres que se convirtieron en sus discípulas: “María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cuza, administrador de Herodes; Susana, y varias otras que lo atendían con sus propios recursos” (Lc 8,2b-3).

 

¿En qué Dios creemos nosotros? ¿En el Dios que da una Ley a los hombres para que la cumplan al pie de la letra o en el Dios Padre de misericordia que se reveló en Jesús de Nazaret? ¿Nuestro camino de fe se reduce a cumplir unas normas? o ¿de verdad hemos experimentado el amor y perdón de Dios ofrecido por Jesús? ¿Vivimos el sacramento del perdón como un momento temible y condenatorio o como una experiencia renovadora, amable y gozosa que nos devuelve la paz, la alegría y las ganas vivir y de amar con libertad?


This article was published on Friday 11 June, 2010.

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